sábado, 11 de mayo de 2013


Morbo 




La ciudad, a esta hora punta, es un desbarajuste de tráfico y bullicio. Cruzo a la carrera la calle, inundada por miles de  reflejos de lunas derrumbadas. El largo flequillo empapado por la lluvia golpea mis ojos dificultándome la visión del caos. Las gotas de agua salpican mis piernas cruelmente a pesar de las botas de caña alta. Llego al tan conocido portal, pulso el timbre y espero. La puerta se abre automáticamente sin preguntar de quién se trata. Subo despacio las escaleras intentando detener el galope en mi interior. Has dejado, como siempre, la puerta entreabierta, pero no sé si ésta vez me esperas a mí.
Dudo si entrar, o llamar otra vez al timbre, sabiendo que puedo encontrarme una sorpresa desagradable. Me gusta arriesgarme, jugar con fuego, quemarme un poquito y controlar el resto del incendio…aunque esta vez, sé que se puede descontrolar la llamarada y consumirme por completo. Inspiro profundamente empujando la puerta.
-¡Deja tu bolso y el abrigo en el salón, ahora mismo voy, estoy terminando de prepararme! ¿No habíamos quedado dentro de una hora?-oigo tu voz procedente del baño.
Entro sigilosamente y cierro la puerta despacio. Dejo el bolso y la gabardina en el suelo. Estoy vestida solamente con  un mínimo culotte y un sujetador, un foulard de seda, y unas altas botas encharcadas. Mi largo pelo mojado empapa la piel de mi espalda, estoy helada y ardiendo a la vez.
Me acerco al baño, me planto de pié detrás de ti,  frente al espejo. Me miras inicialmente sorprendido, pero preguntas tranquilamente, con chulería:
-¿Que haces tú aquí?-enfatizando el tú.
-Vengo todos los martes por la noche, ¿te acuerdas? 
-No habíamos quedado para hoy...estás helada, ven.
Me abrazas fuerte, muy fuerte. Me vas absorviendo, me fundo en tu pecho, me relajo mientras frotas mi espalda. Me derrito cuando besas mi cuello, muerdes  mi oreja, acaricias mi pelo. Me siento una niña en tus brazos, una cosa pequeña. Hablas continuamente mientras me tocas, con una voz suave, reparadora. Hablas para que no piense. Hablas y hablas, para que me deje llevar. Me besas, me acaricias...Me siento parte de ti, completamente unida a ti.
No consigo decir nada, pero las imágenes de la última semana se agolpan en mi cerebro: ¿Lo soñé o te vi con ella?
Te vi besarla, como me besas a mí, te vi tocarla, como me tocas a mí, te vi entrar con ella en el portal de tu casa,  llevándola de la mano.
De la mano. Como cuando tomaste la mía y me prometiste que estarías siempre a mí alrededor, y yo te creí. De la mano. Como cuando me llevabas a altas horas de la noche por calles abarrotadas pero desiertas para nosotros, cruzándonos, sin ver, con todas esas personas que deambulaban en las noches de verano sin saber qué buscar, o de qué huir.
Siento que me quiebro. Que mi corazón, el tuyo, el que te pertenece, te va a creer cuando me mientas, te va a adorar cuando me engañes.
Me repongo y resuelvo hacer lo que tenía planeado. Deshaciéndome de tu abrazo cojo un cigarrillo, a medio consumir, del cenicero. Le doy una larga calada y me dejo intoxicar por el humo, ese que necesito respirar de ti.
-¿Desde cuando fumas?
-Desde  ti- respondo con determinación-siéntate, hoy te voy a afeitar yo.
Traes de la cocina una silla de  respaldo alto y te sientas mirando al espejo, un poco extrañado por que no sabes de qué va el juego esta vez. Sonries con malicia.
Te sientas dócilmente y empiezas a acariciarme las piernas.
-¡No!- exclamo- quédate quieto. Yo pongo las reglas del juego.
Me quito el largo foulard y te ato con él las muñecas por detrás de la silla.
Estás ligeramente nervioso, pero te gusta la sorpresa. El morbo del riesgo te encanta.
-Relájate- te susurro al oído- primero te voy a hacer un masaje. Acaricio desde atrás tus hombros, tu vasto pecho, pellizcando los pezones, bajando mis manos por tu torso. Noto cómo te excitas. Me doy la vuelta y me siento a horcajadas sobre ti, besas mi piel, quieres tocarme pero no puedes. Intentas zafarte del nudo pero no te dejo. Sólo puedes besarme. Empiezas a enfadarte. Te quito los boxer y monto sobre ti. Me muevo rítmicamente, noto  tus dientes en mi carne, luego tus besos sanadores pidiendo disculpas. Continuo moviéndome hasta llevarte al máximo. Unidos alcanzamos el clímax, ablandándonos, deshaciéndonos. El universo entero culmina en nuestros cuerpos, que son uno sólo. Un silencio satisfecho nos envuelve.
-¡Júrame que me quieres!- rompes nuestro momento de comunión.
Evito contestar y a cambio te digo:
-Ahora te voy a afeitar, a la manera antigua. Ya sabes que me gusta jugar al filo de la navaja.
Me coloco detrás de la silla  y cojo los utensilios necesarios para la tarea. Te noto cansado de la postura, y un poco nervioso mirando de reojillo el reloj del baño.
-Paciencia, todo acabará enseguida. Echa la cabeza hacia atrás y disfruta.
Te aplico con suavidad la espuma, haciéndote un masaje facial y te vas relajando. Despliego la toalla y empiezo a apurarte con la navaja, con mucho cuidado. Cuando llego al cuello, justo debajo del mentón, suena el timbre del portal, das un respingo y  ese movimiento provoca un corte limpio. ¿Voluntario? ¿Involuntario?
Empieza a manar un reguero de sangre roja y caliente. Con mi dedo índice recojo la que se desliza por tu cuello y me lo llevo a la boca...

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                                                 Fuente foto: http://milfondos.es/prev/20327.jpg


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