La Fruta en los bolsillos
Cuando se presentó
ante el elegante edificio David tenía17años, los ojos oscuros como una noche
sin luna y un sueño entre las manos.
Un mes antes había
recibido una carta con el membrete de un importante bufet de abogados de
Londres, Faulkner, Whithecliff
&Legrand, donde se le comunicaba que debía de presentarse ante ellos en el
plazo máximo de un mes, para recibir un legado de Lord S.Fitzgerald Claybourne. Llamó
fuertemente haciendo sonar la aldaba
dorada, y mientras esperaba rozó la suave piel del melocotón que llevaba en el
bolsillo. Deseaba olerlo, morderlo, y
disfrutar de esa carne jugosa. Pero no era el momento, debía guardar la
compostura.
El tacto ligeramente
peludo de la fruta le recordó otro tacto y otra piel, una piel que desde hacía
años no rozaba, y un recuerdo que le ardía en las entrañas.
Conoció a Sophie una
mañana de junio cuando fue, como todos los días, a llevar el pedido de fruta a la gran casa de
la colina. La luz incidía intensa y
amarilla sobre el cuidado césped.
La vio frente a la casa, jugando con los perros y sintió una suerte de temblor antiguo cuando ella volteó el rostro y dos gemas ambarinas se ubicaron para siempre en la enredadera de su alma. Semejante desequilibrio interior hizo que se le cayera parte de la fruta. Ella se acercó para recoger un melocotón, lo frotó con el bajo de su vestido, y mirando a David, lo mordió despacio sin pelarlo. Él a duras penas evitó la tentación de acuclillarse en el suelo para beber el jugo que le goteaba desde la comisura de los labios.
La vio frente a la casa, jugando con los perros y sintió una suerte de temblor antiguo cuando ella volteó el rostro y dos gemas ambarinas se ubicaron para siempre en la enredadera de su alma. Semejante desequilibrio interior hizo que se le cayera parte de la fruta. Ella se acercó para recoger un melocotón, lo frotó con el bajo de su vestido, y mirando a David, lo mordió despacio sin pelarlo. Él a duras penas evitó la tentación de acuclillarse en el suelo para beber el jugo que le goteaba desde la comisura de los labios.
Sophie era la única
nieta del Lord Claybourne. Tenía 15 años, dos más que David. Había ido a casa
de su abuelo a pasar los últimos días del verano, y era, sin duda, la fruta más
apetecible que David había visto en su vida. De hecho, él nunca se había fijado
en las chicas, tan ocupado como estaba en trabajar y ayudar en casa a su padre viudo. En el poco tiempo que le quedaba para sí
mismo se inventaba historias y a veces, las escribía.
Desde que
terminó la escuela elemental trabajaba
como repartidor en la frutería de la plaza. Su padre no quiso que tuviera el
mismo destino gris y polvoriento de tantos muchachos del pueblo que no podían
costearse estudios superiores. Veía en su hijo la posibilidad de realizar un
sueño. David quería ser escritor, y su
padre quería que se marchara de aquel pueblo maldito donde la vida y la muerte
se daban cita alrededor de las minas de carbón. Era por eso por lo que él todos
los días se dejaba el lomo y el alma entre esas oscuras paredes; y también por eso hizo lo imposible para que el
frutero aceptara a David como repartidor, para alejarlo de la más ligera idea
de querer ser cómo él. David y su padre vivían en una sucia barriada,
donde el negro humo procedente de la combustión del carbón en el vecino pueblo
de Solihull luchaba tenazmente por entrar en cada mínima rendija de las porosas fachadas de ladrillo mal encalado. A
pesar de ello, David se esmeraba a diario en mantener el interior de su hogar
lo más limpio posible, para hacer olvidar a su padre el ambiente gris de su
trabajo diario.
A partir del día que
conoció a Sophie, David guardaba en sus bolsillos las piezas más apetitosas
para regalárselas.Una vez entregado el pedido en la cocina, se alejaba
corriendo con ella y se internaban en el bosquecillo, escondiéndose entre
frondosos árboles donde él le relataba sus historias de aventuras, monstruos
imposibles, amores y desamores,
mezcladas con mordiscos a jugosas peras, exóticas fresas y deliciosos
melocotones.
Ella escuchaba
absorta el canto de las sirenas, los aullidos de las fieras y el llanto
de los amantes despechados. David aprovechaba esos momentos para beberse su
risa, secarle las lágrimas o abrazarla para espantar el miedo.
Una mañana, Lord Claybourne caminaba por el
bosque y los escuchó, se quedó parado tras un
roble centenario y esa misma tarde le dijo a su nieta:
-Mañana dile a ese
muchacho que venga a contarme historias todas las tardes. Sabes que a mi edad, mis ojos están cansados de tanto
leer, y de paso se ganará un estipendio extra.
Así fue como David
conoció a Lord Claybourne en persona. Durante ese verano acudía a su biblioteca
todas las tardes y le relataba historias de su invención. Lord Claybourne le
iba haciendo preguntas y eso le ayudaba a David a concretar los hechos que él
mismo iba inventando.
A finales de
septiembre Sophie le dijo que tenía que volver a Londres. David creyó que su
alma estallaba en miles de pedazos.
La última mañana no hubo más historia que la que se inventaron para ellos mismos, entre besos y pedazos de fruta se prometieron la vida, se sorbieron las lágrimas y se comieron los labios mezclados con higos tiernos. Las lenguas eran jugosas peras y los cuellos suaves como el melocotón.
La última mañana no hubo más historia que la que se inventaron para ellos mismos, entre besos y pedazos de fruta se prometieron la vida, se sorbieron las lágrimas y se comieron los labios mezclados con higos tiernos. Las lenguas eran jugosas peras y los cuellos suaves como el melocotón.
Ella le
prometió que volvería al verano siguiente, él juró por su vida que iría
a buscarla. Pero Sophie nunca más volvió a la gran casa de la colina, y David
no pudo ahorrar lo suficiente para viajar a Londres. Cuando preguntó por ella a
Lord Claybourne, éste se encogió de hombros e hizo un comentario pasajero sobre
la excéntrica moda entre la nobleza inglesa de enviar a sus hijas a estudiar en
internados franceses. David consumió su última llama de esperanza de
reencontrarse con Sophie. Poco a poco se fue habituando a su ausencia
definitiva. Sin embargo, siguió con la costumbre de llevar siempre fruta en los
bolsillos por si el viento del sur la traía de nuevo.
En sus escasos ratos de ocio David se afanaba en escribir, imaginando que le
relataba a Sophie sus historias inventadas y durante dos años siguió asistiendo a casa de Lord Claybourne, hasta
que el anciano decidió volver definitivamente a su residencia en Londres.
Mientras esperaba
frente al bufet de abogados, David continuaba acariciando el melocotón en el
bolsillo cuando de pronto se abrió la puerta y le hicieron pasar al interior de
un elegante despacho. Durante la espera, tenía la esperanza de poder ponerse en contacto con Sophie a través de ellos. El abogado le
hizo pasar a una amplia sala con una gran mesa ovalada de madera lustrada y le dijo que en la carta enviada había un
pequeño error. No se trataba de la herencia de Lord Claybourne, el cual seguía
viviendo con una salud de hierro frente
a Saint James Park, si no de la voluntad
de la señora Sophie Seymour.
-¿La nieta del Lord?
-exclamó David visiblemente alterado-¿Ha muerto? ¡No puede ser!
-No, perdone, creo que me he explicado mal, no ha
muerto-dijo el letrado-Se casó hace seis meses y dejó un legado a su nombre.
Ahora vive en Estados Unidos, en Chicago.
David creyó que se
vaciaba por dentro, las sienes le palpitaban y no podía creer lo que estaba
escuchando. Su amor, su pasado, presente y futuro, se había marchado para
siempre al otro lado del mundo.
El señor Faulkner le
entregó una carta y una llave antigua. En el sobre venía una dirección a donde se trasladó en
metro. Abrió la puerta de la casa y se encontró ante un luminoso estudio.
Estaba sobria pero confortablemente decorado. En el salón había un gran diván
poblado de almohadones damasquinados frente al gran ventanal, y en un ángulo un
antiguo pero sencillo escritorio de recia madera. Sobre éste lucía una
nuevísima Remmington, probablemente importada recientemente de Nueva York.
Bajo la máquina de
escribir había un sobre a su nombre. Lo abríó y leyó la carta escrita con
perfecta caligrafía:
Nunca dejes de vivir tus
sueños
Con todo mi amor
Sophie
Se acercó a la puerta acristalada que daba a
un jardín y se internó entre los
frondosos frutales. Había perales, manzanos, higueras y su frutal favorito. Se
acercó al melocotonero y se sentó en la hierba, bajo la sombra del árbol. Sacó
la ansiada pieza que llevaba en el bolsillo, lo frotó contra el pantalón y lo
saboreó con deleite, sabiendo que esa vez,sería
la última.
eif
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