domingo, 12 de mayo de 2013


La  Fruta en los bolsillos


     

Cuando se presentó ante el elegante edificio David tenía17años, los ojos oscuros como una noche sin luna y un sueño entre las manos.
Un mes antes había recibido una carta con el membrete de un importante bufet de abogados de Londres,  Faulkner, Whithecliff &Legrand, donde se le comunicaba que debía de presentarse ante ellos en el plazo máximo de un mes, para recibir un legado de  Lord S.Fitzgerald Claybourne. Llamó fuertemente haciendo sonar  la aldaba dorada, y mientras esperaba rozó la suave piel del melocotón que llevaba en el bolsillo. Deseaba olerlo, morderlo, y  disfrutar de esa carne jugosa. Pero no era el momento, debía guardar la compostura.
El tacto ligeramente peludo de la fruta le recordó otro tacto y otra piel, una piel que desde hacía años no rozaba, y un  recuerdo que le ardía en las entrañas.
Conoció a Sophie una mañana de junio cuando fue, como todos los días,  a llevar el pedido de fruta a la gran casa de la colina. La luz  incidía intensa y amarilla sobre el cuidado césped.
 La vio frente a la casa, jugando con los perros y sintió una suerte de temblor antiguo cuando ella volteó el rostro y dos gemas ambarinas se ubicaron para siempre en la enredadera de su alma. Semejante desequilibrio interior hizo que se le cayera parte de la fruta.  Ella se acercó para recoger un melocotón, lo frotó con el bajo de su vestido, y mirando a David, lo mordió despacio sin pelarlo. Él a duras penas evitó la tentación de acuclillarse en el suelo para beber el jugo que le goteaba desde  la comisura de los labios.
Sophie era la única nieta del Lord Claybourne. Tenía 15 años, dos más que David. Había ido a casa de su abuelo a pasar los últimos días del verano, y era, sin duda, la fruta más apetecible que David había visto en su vida. De hecho, él nunca se había fijado en las chicas, tan ocupado como estaba en trabajar y  ayudar en casa a su padre  viudo. En el poco tiempo que le quedaba para sí mismo se inventaba historias y a veces, las escribía.
Desde que terminó  la escuela elemental trabajaba como repartidor en la frutería de la plaza. Su padre no quiso que tuviera el mismo destino gris y polvoriento de tantos muchachos del pueblo que no podían costearse estudios superiores. Veía en su hijo la posibilidad de realizar un sueño. David quería ser escritor,  y su padre quería que se marchara de aquel pueblo maldito donde la vida y la muerte se daban cita alrededor de las minas de carbón. Era por eso por lo que él todos los días se dejaba el lomo y el alma entre esas oscuras paredes; y también por eso hizo lo imposible para  que el frutero aceptara a David como repartidor, para alejarlo de la más ligera idea de querer ser cómo él. David y su padre vivían en una sucia barriada, donde el negro humo procedente de la combustión del carbón en el vecino pueblo de Solihull luchaba tenazmente por entrar en cada mínima rendija de las  porosas fachadas de ladrillo mal encalado. A pesar de ello, David se esmeraba a diario en mantener el interior de su hogar lo más limpio posible, para hacer olvidar a su padre el ambiente gris de su trabajo diario.

A partir del día que conoció a Sophie, David guardaba en sus bolsillos las piezas más apetitosas para regalárselas.Una vez entregado el pedido en la cocina, se alejaba corriendo con ella y se internaban en el bosquecillo, escondiéndose entre frondosos árboles donde él le relataba sus historias de aventuras, monstruos imposibles,  amores y desamores, mezcladas con mordiscos a jugosas peras, exóticas fresas y deliciosos melocotones.
 Ella escuchaba  absorta el canto de las sirenas, los aullidos de las fieras y el llanto de los amantes despechados. David aprovechaba esos momentos para beberse su risa, secarle las lágrimas o abrazarla para espantar el miedo.
Una  mañana, Lord Claybourne caminaba por el bosque y los escuchó, se quedó parado tras un  roble centenario y esa misma tarde le dijo a su nieta:
-Mañana dile a ese muchacho que venga a contarme historias todas las tardes. Sabes que  a mi edad, mis ojos están cansados de tanto leer, y de paso se ganará un estipendio extra.
Así fue como David conoció a Lord Claybourne en persona. Durante ese verano acudía a su biblioteca todas las tardes y le relataba historias de su invención. Lord Claybourne le iba haciendo preguntas y eso le ayudaba a David a concretar los hechos que él mismo iba inventando.
A finales de septiembre Sophie le dijo que tenía que volver a Londres. David creyó que su alma estallaba en miles de pedazos. 
La última mañana no hubo más historia que la que se inventaron para ellos mismos, entre besos y pedazos de fruta se prometieron la vida, se sorbieron las lágrimas y se comieron los labios mezclados con higos tiernos. Las lenguas eran jugosas peras y los cuellos suaves como el melocotón.
 Ella le  prometió que volvería al verano siguiente, él juró por su vida que iría a buscarla. Pero Sophie nunca más volvió a la gran casa de la colina, y David no pudo ahorrar lo suficiente para viajar a Londres. Cuando preguntó por ella a Lord Claybourne, éste se encogió de hombros e hizo un comentario pasajero sobre la excéntrica moda entre la nobleza inglesa de enviar a sus hijas a estudiar en internados franceses. David consumió su última llama de esperanza de reencontrarse con Sophie. Poco a poco se fue habituando a su ausencia definitiva. Sin embargo, siguió con la costumbre de llevar siempre fruta en los bolsillos por si el viento del sur la traía de nuevo.
En sus escasos  ratos de ocio David  se afanaba en escribir, imaginando que le relataba a Sophie sus historias inventadas y durante dos años siguió  asistiendo a casa de Lord Claybourne, hasta que el anciano decidió volver definitivamente a su residencia en Londres.
Mientras esperaba frente al bufet de abogados, David continuaba acariciando el melocotón en el bolsillo cuando de pronto se abrió la puerta y le hicieron pasar al interior de un elegante despacho. Durante la espera, tenía la esperanza de poder  ponerse en contacto con Sophie a través de ellos. El abogado le hizo pasar a una amplia sala con una gran mesa ovalada de madera lustrada y  le dijo que en la carta enviada había un pequeño error. No se trataba de la herencia de Lord Claybourne, el cual seguía viviendo con una salud de hierro  frente a Saint James Park, si no de la  voluntad de la señora Sophie Seymour.
-¿La nieta del Lord? -exclamó David visiblemente alterado-¿Ha muerto? ¡No puede ser!
-No, perdone,  creo que me he explicado mal, no ha muerto-dijo el letrado-Se casó hace seis meses y dejó un legado a su nombre. Ahora vive en Estados Unidos, en Chicago.
David creyó que se vaciaba por dentro, las sienes le palpitaban y no podía creer lo que estaba escuchando. Su amor, su pasado, presente y futuro, se había marchado para siempre al otro lado del mundo.
El señor Faulkner le entregó una carta y una llave antigua. En el sobre  venía una dirección a donde se trasladó en metro. Abrió la puerta de la casa y se encontró ante un luminoso estudio. Estaba sobria pero confortablemente decorado. En el salón había un gran diván poblado de almohadones damasquinados frente al gran ventanal, y en un ángulo un antiguo pero sencillo escritorio de recia madera. Sobre éste lucía una nuevísima Remmington, probablemente importada recientemente de Nueva York.
Bajo la máquina de escribir había un sobre a su nombre. Lo abríó y leyó la carta escrita con perfecta caligrafía:
Nunca dejes de vivir tus sueños
Con todo mi amor
Sophie
 Se acercó a la puerta acristalada que daba a un  jardín y se internó entre los frondosos frutales. Había perales, manzanos, higueras y su frutal favorito. Se acercó al melocotonero y se sentó en la hierba, bajo la sombra del árbol. Sacó la ansiada pieza que llevaba en el bolsillo, lo frotó contra el pantalón y lo saboreó con deleite, sabiendo que esa vez,sería  la última.

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