lunes, 13 de mayo de 2013




Tango

 



                                            
El teléfono no paraba de repiquetear, salí corriendo de la ducha y a duras penas llegué al sofá.
-¿Aló?- respondí.
-“Je attendrai dans le silence de la nuit que tu t'approches de mon côté et tu me chuchotes ton amour “.
Por fín, escuché al teléfono la voz grave y sensual que hacía días esperaba. Abrí el closet y empecé a seleccionar la mejor combinación de prendas que, frente al antiguo espejo de tres hojas, me fui probando y desechando. Finalmente elegí un vestido  largo, recto, con una abertura lateral vertiginosa y que se adaptaba a mi cuerpo como un guante. Negro, sabía que te gustaba ese color. Me calcé unos zapatos de tacón, altos pero cómodos. Me maquillé ligeramente. Cogí una  ligera gabardina y el bolso y salí a la oscura noche.

Paré un taxi en la calle mojada y le dí la dirección de tu apartamento en el barrio de Montmartre. Llovía incesantemente y la pobre luz de las farolas de tu calle proyectaban sombras inquietantes a mi alrededor. Corrí a tu portal para no empaparme.Toqué varias veces el timbre , parecía que no estabas en casa. Iba a darme la vuelta cuando de pronto abriste la puerta. Una música sensual me invitó a entrar. Sonriendo, te  mostré la botella de vino que había traido para la cena,  Burdeos del 95, un reserva especial para una ocasión tan especial.
 Fumando un cigarro cubano, te gustaba porque te daba un aire masculino, abriste la botella y serviste el vino con deleite en sendas copas de cristal de Bohemia.


Reconocí el gorgoteo del vino, único en la primera vez que se vierte de la botella, ese sonido que no se repite nunca más en los siguientes servicios.
Me ofreciste la copa y el vino tenía ese color añejo, granate y brillante como tus labios, perfectamente maquillados, labios definidos, hechos para besar y ser besados incontables veces.
Te miré largamente y disfruté apreciando tu belleza, el cabello brillante, severamente recogido en la nuca, caía sobre tu hombro, dándote el aspecto de una potrilla desbocada que dificilmente lograba contener su pasión.
Me aferraste firmemente y comenzamos a bailar un tango acercándonos a la ventana, abierta para mitigar el sofocante calor pegajoso de la noche. Acariciabas mi larga melena rizada que tanto te gustaba. La suave brisa se colaba entre las aberturas de tu blusa blanca de crêpe, permitiendome vislumbrar la redondez de unos senos que deseaban escapar de su refugio. La luz roja de neón procedente de la calle se reflejaba en tu rostro, dibujando  tus grandes rasgos severos, que contrastaban con la promesa de tu mirada.
En cada giro, la larga abertura del vestido parecía querer desgarrarse. Mi mano se aventuró por debajo de tu blusa y con un sólo movimiento solté tu sostén y tus pechos me asaltaron libres de ataduras.


Observé una sonrisa de triunfo que me invitó a seguir la excursión por las prendas que cubrían tu perfecta silueta, atreviéndome a moldear unas nalgas que tenían la curvatura exacta de mis manos. Noté el efecto deseado en la tensión de tu abdomen.
Tu mirada oscura me hipnotizaba, me transportaba a sensaciones largo tiempo soñadas. Conocer el placer de lo prohibido, disfrutar de ese momento de llegar al límite, otear desde allí y valorar si saltar o no saltar. Poder echarse atrás o decidir jugarse la vida.
Ceñí la breve cintura frazada por el alto talle de tu pantalón de seda negra.
-“Sabes mejor que yo que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado, los labios del pecado”- me susurrabas al oído esa canción de  Sabina tan adecuada para una situación como la nuestra.

En ese momento cesó la música y tus dedos sabios treparon por mi espalda y, clavándome una mirada reveladora, deslizaste hacia mis glúteos lentamente, muy despacio, la cremallera de mi ceñido vestido negro...


  (*esperaré en el silencio de la noche a que tu te acerques y me susurres tu amor)
 eif

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