El hombre del sombrero ladeado
Relato basado en el cuadro sobre Leonard Cohen pintado por Maria Pilar Arratibel
El hombre del sombrero ladeado
atraviesa la puerta entreabierta escapando de la fría noche, buscando el calor
que siempre le ha proporcionado la barra del bar. A su edad el médico le ha
recomendado que no beba alcohol, el único consuelo que le queda es el tabaco,
pero desde hace años en el interior de los
locales públicos no se permite fumar. Incluso ese garito de mala muerte,
en el que reviven tantos muertos en vida, se ha apuntado al odioso cartel de
“NO FUMAR”. Sabe que a él, por ser él, le harán la vista gorda.
Se queda en el
ángulo más oscuro del bar, enmarcado por antiguas botellas de Whisky. Desde ese
rincón se puede observar sin ser visto. Levanta ligeramente el ala de su
sombrero mientras el barman pasa la bayeta en la barra.
-Buenas noches, Sr. Cohen. Que
alegría verlo por aquí de nuevo ¿Le pongo lo de siempre?
-El gin-fizz hoy tendrá que ser sin
gin. El médico me ha prohibido el alcohol. Para eso están los médicos, para
joderte la vida cuando más la necesitas. Su voz grave es interrumpida por una ovación
de aplausos.
Al fondo, sobre el escenario una melena rubia
ondeante acaricia el entusiasmo del público, sonriendo agradecida. Baja
despacio los escalones, como una actriz de los ’50, siguiendo en la penumbra la
estela del humo prohibido. Dejando a su paso un aroma de deseo nostálgico, se
acerca al hombre del sombrero. Le quita el cigarrillo y lo acaricia con sus
largas uñas rojas.
-Sólo conozco una persona capaz de
fumar aquí
-Fumar mata, cariño, aún eres joven,
deberías cuidarte.
-No es eso lo que me está matando-le regala el humo despacio, como un ruego-canta conmigo maestro.
Como única respuesta el hombre se
baja el ala del sombrero. De una profunda calada, la mujer apura el cigarrillo
y mecánicamente aplasta la vida que le queda bajo la punta de la sandalia,
antes de volver al escenario.
El peso de su voz llena el local,
una voz rota y cansada, casi masculina. El hombre del sombrero ladeado conoce
bien los peligros que entraña esa voz y
las heridas que habitan ese cuerpo. Esa voz en la que hace tiempo perdió su corazón, y ese cuerpo que tantas veces le hizo perder la razón.
Pide al camarero otro gin-fizz, esta vez con
gin. Se sonríe mientras enciende otro cigarrillo,¿Por qué no?... ¡qué diablos!,
ya no le queda nada que perder.
eif
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Bello relato......
ResponderEliminarGracias corazón!
ResponderEliminarExcelente! extrañaba muchìsimo leerte.
ResponderEliminarGracias Thelmita, de vuelta a las andadas!! Besos
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